La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.







martes, 27 de septiembre de 2016

Aquellos estos árboles, 49




Yo me harté ya, me escupe Max. Tal vez a aquella generación finisecular les doliera el ente que creyeron que les acogía y que consideraban, con rabia pero con afecto, que les había traicionado. Pero aún lo consideraban propio. Nosotros nos hemos engañado durante décadas. Silabea si quieres la forma compuesta con participio y todo. En-ga-ña-do. Y hemos visto caer a mucha gente autoengañada. Engañado porque pensamos alguna vez que el ente era de todos, aunque algunos lo había usurpado de modo circunstancial y harto miserablemente. Ahora me doy cuenta de que no. Que ese territorio de cuyo nombre es mejor no acordarse sigue siendo de los mismos, que solo es de ellos, que siempre fue de ellos, que el derecho de propiedad que una vez se arrogaron los respalda con el apoyo de los incautos y la colaboración de los torpes. No ha lugar ya, por lo tanto, ni a que nos duela. Quiero dejar de sentir dolor por aquello que constantemente me produce insatisfacción. El mal no se merece saber que está para padecerlo. Vivamos, pues, en los márgenes. Sin dolor. Si nos dejan.



(Yo le entiendo. Y me encuentro con este soberbio comentario hoy en El  País:
http://economia.elpais.com/economia/2016/09/26/actualidad/1474885393_778813.html )




lunes, 26 de septiembre de 2016

Recuperación



Mi amigo A.L. ha recuperado recientemente el pulso de su Chitón. Ni me lo ha pedido ni sabe que lo estoy contando, pero me apetece colgar aquí el recordatorio de su pequeño río de relatos. Aunque él se enfurruñe por mi travesura.



viernes, 23 de septiembre de 2016

Aquellos estos árboles, 48





"Soy tan solo uno de los epígonos
que habitan la casa antigua del lenguaje",

Karl Kraus, poema Confesión.


Algunos dirán: primero fue el lenguaje y después vosotros, o bien: antes de que nacieras ya existía el habla, o bien: aprendiste aquello que a tus padres ya les había sido dado antes, y tú te dirás, entonces ¿yo que fui? ¿un erial, un barbecho, un solar abandonado a su suerte, un territorio que los que me trajeron y los que trajeron a los que me trajeron fueron ocupando y me lo regatearon antes de estar seguros de si debía habitarlo?, y entonces recuerdas, razonas la memoria, intuyes lo que nadie te contó, y caes en que te enseñaron las palabras, y antes las sílabas que forman las palabras, y antes la intención con que debías pronunciar las palabras, y durante la eternidad que te parece estar durando tu vida, incluso cuando ya creías que controlabas una parte del lenguaje que empleas, cuando piensas que hablas con propiedad o te manifiestas cauteloso, o bien cuando te exhibes jocoso para hacer más liviano el tema que se trata, porque mira que hay asuntos cuya complejidad no cesa, cuyo desarrollo no solo parece no tener fin sino que se embrolla, cuyo desenlace se aborta y tienes la sensación de ahogarte con las palabras mismas que habías practicado, y se vuelven contra ti mismo, porque las palabras son bumerán, y unas veces vuelven a ti para que las retomes y decidas si vuelves a ponerlas en circulación, otras veces se estrellan contra tu propio raciocinio y lo bloquean y las palabras, como el vidrio, también se rompen, y su uso pernicioso o inadecuado las enturbia, y de nuevo cuando ya te pensabas que la edad había curado los defectos de origen o corregido los vicios de crecimiento ves que en realidad siguen repitiéndose la campa vana, la tierra baldía, y te parece divertido y a la vez confuso, y te interrogas nuevamente, inseguro y ridículo, ¿tendré que volver a balbucear? ¿tendré que perfilar el silabario? ¿tendré que redactar los primeros pasos de una escritura? y el problema es que aunque intentaras retomar aquella iniciación no serías capaz de dotarla de los contenidos con los que tus progenitores y los progenitores de tus progenitores inculcaron con cada sílaba, tono, énfasis, conjugación y al que vagamente llaman algunos ideario, que es algo así como una carbonería desde donde en su momento fueron echando dentro de ti paladas de oval, de antracita, de vegetal, y aquel carbón que entraba en tu fragua siendo negro ellos te la pintaban en blanco, y aun cuando te manchaba te explicaban que era limpio, y aquel horno donde ibas a ir haciéndote fue configurándose, con ayuda de las palabras y de los gestos, de los premios y de los  castigos, de las promesas y de las amenazas, de las caricias y de las obligaciones, y ahora que sabes que tu triunfo es saber, saber con plenitud y explicación, que nada fue claro, nada hubo auténtico, nada era tuyo, te sientes deudor de las primeras palabras a las que quieres vaciar de su negritud.



(Fotografía de René Jacques)



martes, 20 de septiembre de 2016

Aquellos estos árboles, 47




La niña de seis meses en brazos de su madre tomó con su manita el dedo que le ofrecí. Formó un puño sólido alrededor, lo sujetó con fuerza y se deshizo en sonrisas. Fue un instante de gesto divertido y para ella sobre todo un juego. Pero, afortunadamente, lo lúdico afirma en esa edad al ser que se lleva dentro. Un ejercicio hábil, uno de los que permite a los niños ir avanzando en aprendizaje. El diestro y el emocional. El comunicativo y el que va distinguiendo territorios. La madre se deshacía en cumplidos a dos bandas. Pero aquel gesto cálido de apropiarse fugazmente de mi dedo a mí me llenó de vida. Bendito tacto firme el de la pequeña María. 



(Dibujo de Käthe Kollwiz)


domingo, 18 de septiembre de 2016

Aquellos estos árboles, 46





"El paraíso se alcanza con el tacto, puesto que en el tacto residen el amor y la inteligencia."

Hellen Keller, El mundo en el que vivo.



¿Has pensado alguna vez en la dualidad que posee una mano?, y es que como sucede con todo lo dual nos fiamos solo de lo más aparente, de la primera impresión, de lo que salta a los ojos como función exterior, y así vemos que una mano gesticula por sí misma, o apoya una representación más amplia del cuerpo de quien habla, y al actuar potencia las palabras, aumenta el énfasis expresivo con que se pronuncian, refuerzan la capacidad de convencimiento que pretende la perorata del otro, eso vemos de las manos cuando ejercitan signos espontáneos, multiplicando las posibilidades del lenguaje oral, ampliándolo y haciendo de su extensión un cuerpo políglota en el hombre o en la mujer que como reflejo utilizan sus manos en un diálogo común, pues otra cosa es el movimiento de arquetipo de las manos en actos litúrgicos, tales aquellos de los clérigos aburridos a los que se les ve venir antes incluso de abrir la boca y alzar sus brazos, o las mangas arremangadas para la ocasión de los candidatos electorales, los cuales con sus movimientos estereotipados no aportan nada nuevo a lo que ya no resulta creíble de su discurso fonético con las falsas promesas de siempre, o los hinchas de las gradas que, aun siendo de eso que llaman pueblo llano actúan como energúmenos de pacotilla, accionando brazos y moviendo dedos en combinaciones repetitivas, y en esas posiciones de los dedos y el brazo en ángulo que remiten contra el césped el mensaje obsceno no es sino la dejación de la estética, su desagradable actitud a través de la que canalizan agresividades que están en sus vísceras y en su cerebro y en su vida cotidiana nada calma, supongo, eso es lo que vemos exteriormente que parece limitar el valor de las manos, y por supuesto que hay otra lectura superior y generalizada sobre el poder de las manos, el manejo de la máquina, la realización de una obra artesana, el uso de alta tecnología, la transformación ejecutora de la albañilería, en fin, todo aquello que tradicionalmente se ha confiado a las manos, pero las manos llegan más lejos, las manos ya no son gesto o fuerza o habilidad rudimentaria, sino que se convierten en un salto de sí mismas, son ante todo tacto, un pianista, por ejemplo, ¿gesticula o acaricia?, un escultor, ¿se limita a golpear el cincel o acaso no confía el avance de su trabajo al paso de su mano por la talla?, y el tacto se convierte así en la función íntima de las manos, el tacto es el significado de las manos, ese alma de las manos no siempre es visual, casi siempre más bien recóndito, su silencio es lo profundo en su desnudez, porque en su silente movimiento debe percibir del entorno, debe dar y debe recoger, tiene que transmitir idiomas más profundos de la esencia emotiva, y en el tacto de las manos una mujer o un hombre delegan sus saberes afectivos, con el tacto ven y oyen y degustan aproximaciones, frotar una planta de lavanda, rozar una flor fractal, deslizar los dedos por una copa de cristal, palpar a palma abierta un melocotón, masajear el exterior de un libro, tocar con suma lentitud el barro cocido de una vasija, recorrer estremecido la piel de otra persona, todo ello ¿no se desdobla a su vez en percepciones, gustos, recuerdos, placeres?, ¿no es acaso que se abren los descubrimientos o se afirma cuanto anteriormente se había aprendido?,  ¿no nos interpreta a nosotros mismos?, y de ese modo el tacto, rey en la sombra, avanza garantizando conocimiento, impulsando emociones, propiciando disfrutes, aliviando penas, traduciendo todos los demás sentidos, que estarían cojos sin la afinada comprobación con que nuestros dedos acarician.




(Fotografía de Boris Ignatovich)


viernes, 16 de septiembre de 2016

Aquellos estos árboles, 45





"Hubiese sido posible, tal vez, otra historia. De haber ahogado las voces y, en su lugar,
haber impuesto el gozo. Pero no fue así".

Chantal Maillard, La mujer de pie.


Tuve el mismo pensamiento que la poeta, incluso diría que en repetidas ocasiones se ha repetido en mí la misma sensación, viene a contarme Max, y es que cuando uno atraviesa etapas de la vida de las que está disconforme, que no le satisface casi nada de lo que hace, piensa de manera equívoca que de haber tomado otro camino, de haber seguido algunas recomendaciones, de haber dado un paso oportuno en el límite en lugar de quedarse uno parado o simplemente dudando, podría haber obtenido al menos una parcela de la tierra prometida, pero ese tipo de idea, tentadora y asaz engañosa, solo se suele tener cuando algo no va bien y no deja de ir mal, aunque es cierto que no hay situaciones que se inclinen perpetuamente de un lado u otro, de la satisfacción o de la carencia, de la risa o del llanto, del clamor o del silencio, también es evidente que su duración puede ser larga, y eso no es bueno porque si se piensa bien al acostumbrarse uno a la normalidad que nos parece segura y que nos da con generosidad se está enrocando en creer que el mundo o al menos su vida siempre va a ser así, y el día que deja de ser como uno consideraba que iba a ser para casi la eternidad el hombre no sabe reaccionar con suficiente paciencia y cae en un desánimo para el que no se había preparado antes, y de la misma manera hay personas para las que los ciclos duros parece que no cesan nunca y viven en un constante deterioro, a veces fatídico, he visto individuos perecer por no remontar sus circunstancias negativas, individuos que no han podido separar sus posibilidades de las circunstancias que les atenazaban dolorosamente, y entonces cuanto les rodea les va cercando y suplanta su mente, toma como rehén las ilusiones y no digamos cómo merma su capacidad de pensamiento, sus márgenes de discernimiento, su capacidad de reacción, no saben decir basta y solo un destello al borde de la desgracia final puede salvar a algunos, porque aún mantenían una brizna de fe en el resquicio luminoso que sin duda se cuela en la vida de todos los hombres, y eso depende de que se quiera ver, de admitir siquiera un leve panorama desde donde se puede rehacer la vida, es por todo esto que uno observa por lo que deduce que no conviene renegar en exceso de lo que se tiene o hemos tenido, no hablo de resignación ni de una conformidad malsana, que la hay, aquella en que uno vende su dignidad a cambio de pertenecer a otro, hablo de disponer de lo que aún tenemos para hallar sendas prudentes que aún nos proporcionarán satisfacciones placenteras y beneficios saludables, y en mis palabras se escucharán ecos optimistas, pero solo hablo de situar al ser que llevamos a cuestas, o que nos lleva a nosotros, y tomar una dirección a tiempo cuando las cosas no marchan, y no me da gusto parecer un moralista, ni un clérigo, ni mucho menos un consejero de autoayuda, que viene a ser lo mismo, pero eso ya depende de que el otro que me oye me quiera entender. 




(Fotografía de Michael Wolf)


miércoles, 14 de septiembre de 2016

Aquellos estos árboles, 44




En amaneceres como el de hoy, nubosos, oscuros, desafiamos los aguaceros exteriores. O más bien, nos desinteresamos. Aun aparentando seguir las reglas y cumplir con los compromisos, el cuerpo nos pide encastillarnos. Lo poco que nos queda a algunos por defender es la calma, mejor dicho, el derecho a la calma (la que apenas hemos tenido) Nos desvestimos, nos echamos sobre espacios donde menos se hieran los sentidos. Ahora solo intentamos percibir voces interiores que se distancien de las guturales. Tampoco queremos el runruneo de la memoria, ni la agitación de la conciencia. En esa calma anhelada perseguimos voces no escuchadas anteriormente, como si procedieran de una dimensión donde no habitaran ni el pensamiento, ni la culpa, ni las exigencias, ni los cantos de la euforia, ni los inarmónicos lamentos. Donde nada fuera animal y menos humano. Estamos acostados borrando perfiles y convirtiendo en única nuestra desnudez. Nada nos perturba, no hay frontera entre la carne al aire y la mente que se aleja de cuanto nos ha mantenido ocupados. Solo la desnudez, desprovista de los significados habituales, es la conquista del hombre que no se inquieta por la oscuridad ni se entusiasma por la luz. Lo objetivo se ha convertido entonces en una ficción más, porque no te interesa en absoluto que las cosas existan por sí mismas, porque no te atrae saber cómo interviene lo ajeno sobre ti. Días como éste en que lo sensorial se diluye, sin alarmarte por contener ningún negro temor de que no sepas más de ti mismo.    




(Pintura de Akseli Gallen-Kallela)


lunes, 12 de septiembre de 2016

Aquellos estos árboles, 43





"Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, 
y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, 
se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, 
sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío".



Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Primera parte, Capítulo XI. 



Antigua es la creencia ilusa entre los hombres, dice Max, y hay como un a modo de tradición de anhelar tiempos mejores que nunca existieron, lo cual deja claro lo incómodos que se sienten los hombres con el presente y lo inseguro que les resulta disponer de un futuro, y así añoran incluso lo que no han tenido, y así se recrean hasta en lo que no fue tan bueno pero que con la distancia del tiempo consideran que no fue tan malo, siquiera porque al recordar piensan en la juventud que tuvieron, en las posibilidades con las que soñaron, en la fantasía de continuar siempre briosos como si la potencia de los primeros años se mantuviera dinámica y apenas gravara, y es frecuente escuchar si yo pudiera volver a mis años jóvenes, si pudiera retomar lo que no supe entonces coger con acierto y decisión, y hay otros que aun mirándose al espejo con su rostro arrugado y grave no ven que su cerebro haya envejecido, aunque lo ha hecho, porque eligen la parte de su mente que les proporciona deseos y ensoñaciones, y viven cada día dejándose acompañar por innumerables guiños para si mismos solamente, guiños que en ocasiones vemos los demás, y los vemos y no debemos reírnos, porque aparentan fuerza impetuosa unas veces, otras solo son signos patéticos de los límites y las impotencias, y a medida que los hombres van alejándose de la vida, porque hacerse viejo es ir abandonando las posibilidades que se nos habían brindado anteriormente bien por la resistencia o por la perseverancia ante los elementos que vapulean, y ese ir despojándonos de las contingencias positivas no es otra cosa sino la riqueza de la existencia, el sustrato labrado por nosotros mismos, con el que no nacimos, aunque algunos ya fueran de nacimiento más marcados que otros por el favor o por la desgracia, y de ahí esta obsesión humana por trocar en mito lo que se ha tenido y se ha extraviado,  esa manía por disfrazar lo que no se tiene solamente con anhelos, ese recurso a un mundo de ficción que va trasladándose como costumbre en el cerebro defensivo de los hombres, que sirve para eludir la realidad y conduce a desdichas igualmente si no se distingue la realidad al no saber controlarlo, porque en el magma que sigue activo dentro del hombre hay una pelea permanente entre él mismo y los demás, entre el reflejo de un mundo que tiene que compartir y sus ansias de poseer ingenuamente todo, y esa lucha hacia afuera lo es también dentro del hombre mismo, y no hay nada tan peligroso como el hombre incauto, cuyo rostro y comportamientos risueños ocultan su carácter ominoso, dispuesto a ser él a costa de los demás, y cuando ese fuego ladino se extiende a otros hombres y se hacen compinches, montando su realidad por encima de la de todos, los riesgos crecen y el panorama de la confrontación y el dolor crecen, y es dramática la historia de los hombres, porque todos se reconocen tan próximos y semejantes desde un ángulo de sí mismos y sin embargo son capaces de alzar muros y alambradas y desiertos para entorpecerse y ser todos ellos, a la postre, infelices.




(Fotografía de Michael Wolf)


domingo, 11 de septiembre de 2016

Molan, ¿eh?, molan, aunque...




Observen, observen con detalle cómo han atrapado y atrapan los nacionalismos, hijos de la civilización cristiana y occidental. Hay que ver cómo han molado y aún molan. El medio siempre fue y es el mensaje. Y el humor hace en ciertos casos de vaselina. Se adora la invención. Se vive, se malvive y se muere por la ficción. Se estructura un mundo de pseudopensamiento (más bien de carencia de un pensamiento racional y lógico) en base a lo imaginario y a lo no fundamentado y menos a lo comprobado. Aunque acaso el presente, gracias a la ciencia y a los que han investigado, cada vez se distancie más del oscurantismo. Mientras, algunos, la minoría de siempre haciendo el agosto de los capitales. Con tirios y troyanos. En el principio, dijeron, fue la palabra. Sabían lo que decían. El discurso impuesto. El control social. Así se inventaron los monoteísmos y se justificaron los gobiernos del planeta. Así transcurre aún la dudosa gloria del mundo. Hoy es once de septiembre, mañana doce, pasado trece. Fechas ordinarias, ninguna es sagrada. Solo debería ser sagrada la vida de la gente común. Su reconocimiento. La satisfacción de sus necesidades. No quiero ver jamás correr la sangre, ni la de los inocentes ni la de los necios. Ya está desperdiciándose demasiada por tantos países. Más nos valiera a todos razonar. Y entendernos. El poder de los lenguajes imaginarios ¿debe seguir imponiéndose al Lógos?




miércoles, 7 de septiembre de 2016

Aquellos estos árboles, 42





"El deseo nunca cumple sus promesas".

Arthur Schopenhauer.



No podría traicionarse a sí mismo, no podría abandonar al hombre, ¿qué sería del estímulo, qué del incentivo, qué de la ilusión?, porque ¿acaso podría avanzar la especie o, mejor, el género, si de pronto se hubiera tocado altura o llegado a los confines de los territorios?, pero ¿y si no avanzara nada?, ¿si todo no fuera sino parte de las fuerzas internas del planeta y de los planetas entre los planetas?, ¿no es mejor imaginarlo como materia que nunca es controlada, que nunca cuaja como nos gustaría imponer, que se nos escabulle de las manos?, ¿y si hasta el deseo no tuviera otra composición que la misma que ha engendrado toda la materia, diversa, compleja, incluso la que aún no está explicada?, ¿y si el revoltijo de sustancias, en continua formación y disolución, hubieran creado en su lento devenir el deseo mismo por el que los hombres se valoran y aspiran a más?, ¿y si fueran más sabios aquellos que eligen disfrutar del deseo por el deseo, porque intuyen que un logro de algo significa también el fin, al menos de ese algo, a veces del todo?, y es que cuántos hombres vemos cada día frustrados por no haber alcanzado lo que ilusamente anhelaban, cuántos hombres no han sabido disfrutar día tras día de vivir conforme les gustaría en lugar de tratar de aquilatar una forma de vida que una vez que la consiguen les traiciona, es cierto que vivir en el simple deseo no equilibra, no pone a un hombre a la altura de otros hombres, ¿pero eso es lo que hay que pretender?, ser hombre a la manera de otros hombres ¿no implica no querer ser como te apetecería?, y ¿no es una trampa traicionar tus apetencias para caer en el realismo que deja a los hombres sin ser hombres para convertirlos en masa burda?, y si hay que elegir, que a veces no se sabe, que a veces no se consigue, ¿no es preferible tu materia vívida, ígnea, maravillada que solo sabe de corrientes de expectativas en lugar de venderse a ese ente anulador y desconocido del modelo dominante de ser?   

En ocasiones los discursos de Max me parecen antiguos, demasiado antiguos, ¿o no lo son?



(Fotografía de Michael Wolf)


lunes, 5 de septiembre de 2016

Aquellos estos árboles, 41





"Entre la épica y la lírica, o encerrados en una de las dos, 
más les valdría a los humanos ser conscientes de que viven 
con su insignificancia a cuestas".


(Max, de su relato inédito Los ilusos)



Cuando el hombre se cansa desearía tornar en místico, aunque no sea su condición natural, pues en él está más bien el apetito de golpear, de imponerse, de llegar un paso más adelante de otro hombre, aunque no esté claro para qué llegar y a dónde, pero está en él lo que le inculcaron como sana competitividad, aunque ni en el juego resulte saludable aquello que causa si no estragos en otro hombre, que también, sí una desconsideración, pues te enseñan a incentivarte, dicen, te dijeron, pero cuando el incentivo es apostar y echar pulsos con otros donde no se ponen límites a los medios, donde no importa cuánto daño causes a la otra carne que también siente y que parece vecina pero es ajena, y si te das cuenta de lo turbio que es lo que denominan motor de vida pero que no es otra cosa sino justificación de lo que no son sino interesadas reglas de juego de una determinada manera de entender la humanidad, pero no entenderla para explicarla, sino para sacar provecho, entonces aquella fe inicial en ti mismo se resquebraja, porque no te causa satisfacción ser a cuenta de desplazar a otros, no te deja a gusto vivir ignorando a otros, y puedes intuir que acaso los otros si pudieran estarían tentados a tomar el relevo de la parte que aborreces de ti mismo e imponerse a ti, podrían cambiar las tornas porque los modelos se atraen y se rechazan como una enfermedad latente, está tan arraigada la maldita competencia a cualquier precio entre los humanos que solo siente lástima el que está cansado, sea cual sea su posición, y no precisamente el más miserable o desarraigado o fuera de juego es el más generoso ni siquiera comprensivo, más bien le atrapa el ansia de tomar la revancha, para ser lo contrario, para ejecutar la maldad o colaborar con ella, aunque nadie lo reconozca, nadie admite el mal que causa o ayuda a causar, en ninguna de las ubicaciones sociales que la vida haya designado a los seres humanos hay garantía de comprensión, unos porque no quieren ceder y otros porque anhelan poseer lo que acontece es el enfrentamiento, larvado casi siempre, y eso se traduce en pequeñas actitudes cotidianas, a veces solamente la fecunda envidia, en ocasiones la gratuita maledicencia, en momentos extremos el choque, y su consecuencia, la persecución, y hay que ver cómo ciertas ideologías de toda la vida, aunque su tiempo no sea tampoco desmesurado, han incubado el sentido de la lucha feroz entre individuos, cómo la han propiciado, cómo la han justificado con una carencia absoluta de vergüenza, cuando no la han impuesto por obligación y la han consagrado incluso, inventando todo un panteón de espectros cuya sola mención crítica puede causarte riesgo, acaso es el cansancio la luz que no has tenido, te dices a ti mismo, acaso es esa impresión de vencimiento, corrosiva, obsesa, la que te aporta una mirada que no será nunca mística, pero te apartará también del terrible y maldito deseo de la venganza.




(Fotografías de Michael Wolf)


domingo, 4 de septiembre de 2016

Aquellos estos árboles, 40




Max abre la puerta y se va. Sólo dice: Vencido.

(Un participio que pensé que nunca llegaría a conjugar)




viernes, 2 de septiembre de 2016

Aquellos estos árboles, 39





"Déjame así, con esta carne oscura,
como un árbol, de pronto, que no crece
porque ha sentido al mar. Ya no pregunto:
brama tu palpitar sobre mi frente".


José Luis Hidalgo, de Los muertos.



A veces esa percepción infundada de que todo se detiene dentro de uno mismo. Fantasía de que lo demás no está ya o al menos no para nosotros. Diversos nombres, sorteando matices. Reunión o dispersión. Parada. Quietud. Ausencia. Carencia. Olvido. Caída. Soledad. Desaparición. Muerte. Basta un retorcijón de tripas pasajero o un tirón muscular inocuo o una cefalea veloz o un leve cosquilleo para situarnos de nuevo en la conciencia del propio movimiento vital. La insólita sensación de nuestro vacío quiebra. Respiramos profundamente. Aletea una sonrisa de labios para adentro. No era para tanto, pensamos. Fue para tanto, y ya no podremos pensarlo, será la otra opción de la que alguna vez no seremos testigos sino víctimas.




(Fotografía de Duane Michals)


martes, 30 de agosto de 2016

Aquellos estos árboles, 38





"Yo sólo escribo para mi sombra, para esa sombra que la lamparilla proyecta sobre la pared,
 y a ella es a quien debo darme a conocer".

Sadeq Hedayat, El búho ciego.



Siempre me pareció extremadamente vanidoso, e incluso bastante estéril, escribir sobre las luces de uno mismo, dice Max, primero porque nunca queda claro ante nosotros mismos si tenemos suficiente capacidad de ver, y luego porque nunca sabemos si vemos para nosotros o si lo hacemos para los demás, si la luz destella en lo recóndito de nuestro cuerpo o la prendemos para que los demás se queden a gusto, para condescender con ellos, para que nos acepten, para darles la razón aunque no entendamos su razón, que con frecuencia suele ser maniquea y poco sólida, y nos apremia ese temor a quedarnos al margen si no aceptamos la consideración general, la legislada y la que funciona por inercia, la que va y la que viene por oleadas de costumbres y modas, porque así funciona la sociedad, exigiendo consenso a cualquier precio, obligando a cesiones que nos hipotecan, imponiendo pautas y normas que no son válidas para todos, pero que a todos nos constriñen, instándonos a que ratifiquemos incluso lo que aún no hemos comprobado que debamos aceptar, y todo ese barro con que nos moldean desde el principio creemos que nos va haciendo y así ocurre realmente, pero pronto nos damos cuenta que su calidad no es la materia que debe dar respuesta sincera a nuestros impulsos profundos, nos van haciendo con lo que no somos y nos hacen creer que eso es lo que somos realmente, pero la verdad no la vemos, o la empezamos a distinguir cuando nos desasosiega ese encofrado que disponen  en cualquier fase de nuestra vida, adecuado para cualquier edad, de tal manera que lo que parece que es solo un armazón en la infancia para hacernos crecer con seguridad y ayudarnos a encontrar el sentido de haber venido al mundo, también lo es en la juventud y más tarde en la vida plenamente adulta, e incluso cuando empezamos a estar de vuelta de los ciclos que algunos llaman productivos, cuando el cuerpo pierde vitalidad y el pensamiento y las ideas ya no son tomadas con suficiente consideración por los demás, incluso entonces quieren que funcionemos con clisés, y no me cabe duda que les preocupa también que la edad del viejo se les pueda escapar del control, porque ya se sabe que en los individuos que parecen haber mermado en facultades y que no tienen ya ascendencia sobre la tribu suele haber arranques de energía, de decir las cosas en voz alta como son, como han sido, y a más de uno se le ocurre vengarse proclamando la falsedad de la existencia y lo incautos que son los que vienen detrás, les sale la sinceridad a borbotones, pero también contra los ancianos existe el chantaje, y es que el entramado atenaza las existencia a cualquier edad, y así hasta el ataúd, que no en vano me parece el más repugnante artefacto que jamás se haya inventado y encima para la nada, y es entonces cuando sospechas si acaso no será inútil hablar e intercambiar criterios con otros, lo poco que se escuchan unos personajes a otros, lo escaso que disponen para hacer la vida llevadera, piensas si realmente todo ese flujo de conversaciones, ese ruido mediático, ese desperdicio que es el chorreo de tanta palabrería, de la que ni uno mismo se libra, no será sino un ejercicio que no va más allá de la cháchara y el entretenimiento y el apartamiento de otras cosas importantes que dejan de serlo a base de ignorarlas, y cuando un ladino impulso te empuja a querer escribir, escribir para que nos entiendan, se entiende, que es lo que se exige, ahí te asalta la duda de si se debe escribir para lo que ya se sabe de sobra o se cuenta modificando apenas los parámetros de la ficción escasamente ficticia, y al exponer una relación de palabras a la lectura de los cuatro que te pueden leer se están arriesgando algo más que situaciones o anécdotas, y te invade el temor sobre si no estarás desequilibrando aquello que desde siempre dijeron que tenía que ser así, porque era así, porque es así, y el tiempo del verbo lo estarán siempre actualizando para que no cantes victoria, porque en esto de opinar o describir tus sensaciones y sacar conclusiones que traten de explicar y aplicar acerca del animal que llevas en ti, es peligroso, es peligroso todo lo que difiere de lo generalmente admitido, y te rondará el riesgo de ser perpetuamente vigilado por otros hombres que no se dan cuenta, o no quieren aceptarlo, que ellos también llevan dentro un animal díscolo, auténtico, preñado de otras posibilidades, y vas y te escabulles con tus pensamientos, tus risas sardónicas, tus escritos confusos, y si aún te queda algo de esperanza respecto a que pueda haber un leve fulgor y si esperas que la humedad que lleva implícito el pensamiento te haga el suelo más tierno, recurres con desdén a adentrarte en tu cueva, donde no estás tampoco a salvo, pero donde acaso puedas pasar desapercibido.

  

(Fotografía de René Groebli)


lunes, 29 de agosto de 2016

Debates como éste no se ven aquí nunca





He aquí un debate, y tranquilo, como los que no escuchamos jamás en las deprimentes e infames emisoras de televisión de nuestro país. El vídeo adjunto corresponde a un debate de ideas en el programa Contre courant, del diario parisiense Mediapart.  Menos mal que ya no hay Pirineos para quien quiera interesarse por ciertos temas (me consuelo aunque no me sirve)






viernes, 26 de agosto de 2016

Aquellos estos árboles, 37




"Bebía una y otra vez 
de aquella fontecica
y no había cansancio.
Y cuanto más bebía
más clara era la agua
y más creciente y ávida
tornábase mi sed".

Anónimo sefardí del siglo XVI.




Hoy he bebido de aquel charco, como cuando lo hacía en mi etapa primitiva, y me agachaba mientras fluía lentamente un hilo de agua hasta saturar la pequeña oquedad, brotaba aquel agua con suavidad, apenas era perceptible, y yo bebía mojándome la nariz, sorbía con una avidez que se iba calmando, la modesta corriente nada rumorosa no dejaba vaciar el plato de la roca, y nunca olvidaré aquella sensación del recorrido del agua desde mis labios hasta mi tripa, y es verdad que bebía con cierto afán, más que con ansia, aunque a veces llegábamos jadeantes de las carreras, sudorosos por el sol justiciero, y el ansia trataba de poderme, pero era tal la bondad de aquella fuente leve que conteníamos los nervios y nos dejábamos atrapar en el placer, al que contribuía la técnica rudimentaria, el recurso más natural, y muchas veces he pensado en ello, en aquella huella de retorno al primitivismo en que lo salvaje era armonioso, si es que en la naturaleza puede haber algo armonioso, pues no es precisamente confluencia pacífica lo que nos rodeas en el universo, así que nunca supe quién tuvo la ocurrencia de hablar de armonía cuando en realidad habría que decir de satisfacción pasajera, pues lo que hoy parece estable mañana ha dejado de existir, y esto vale para los bosques, las montañas, nuestro propio suelo, nosotros mismos, pero si es armonía la serie de paradas que a veces hacemos en el devenir y el conflicto latente, continuo, con los elementos, pues llamémoslo así, pero sin creer que tal armonía es duradera para siempre, y era al acercarme a la pequeña patena de caliza desgastada cuando sentía una excitación inusual, me ofrecía voluntario al ritual de beber, no bebía solamente para saciar la sed, ni para dejarme absorber por el frescor, mientras el agua manaba ofreciéndose sin fin, la claridad del fondo que con su quietud me ofrecía complementaba la escena del salvaje que yo era, y aquella fascinación por mantenerse el agua dentro de los bordes de la piedra que nunca he vuelto a percibir ni con situaciones u objetos más sofisticados de nuestro tiempo, me parecía que aquella fuente no iba a cesar nunca, volvíamos al día siguiente y nada había mermado, nada se había alterado, y aquella modestia de la pequeña charca me parecía ejemplar, lo cual valoro ahora, cuando ha pasado tanto tiempo, cuando ya no sé ni qué habrá sido de ella, porque los hombres habrán destruido probablemente el paisaje de la zona, y hoy, al beber del vaso de cristal fino análogas sensaciones han venido a mi mente, y he operado con gestos semejantes a los que hacía cuando era más primitivo, he llenado el vaso hasta el borde, me he asegurado que ni una gota huía hacia el exterior, he mirado fijamente la inmovilidad del recipiente, la carencia de color, la visión del fondo del vaso se me antojaba aquel otro fondo más blanquecino pero tan transparente, me acerqué con sumo cuidado, un ligero temblor habría desequilibrado el contenido, un movimiento en falso habría alterado el objeto, pero también la recuperación de mis recuerdos, con el consiguiente desafecto a la prueba que intentaba, con la sinuosa traición a apoderarme de un tiempo irrepetible, y pensando que si revitalizaba la memoria de las cosas de entonces también me estaba ahora mismo recuperando del desgaste que he tenido después, he tratado por lo tanto que mi aproximación al vaso fuera tan hipnótico como el acceso al hontanar del origen, y he bebido no solo por sed del calor sino por sed del retorno imposible, y al sorber he notado un instante de revelación, el leve flujo que sorbía del vaso tenía que ver con cuanto había sorbido anteriormente, y sentía que mis labios se modificaban en su textura, se reducían de tamaño para ganar en sensibilidad, y el cuenco dejaba de ser vidrioso y no era solamente de roca sino que lo sentía también de carne, y me detuve apenas mi barba se humedecía y mi nariz se untaba de la humedad, y no quise moverme y dejé que mi nariz respirase dentro del agua, por ver si las propiedades de los peces habían llegado por algún oscuro camino de la evolución a mi propio cuerpo.

      


(Fotografía de Daido Moriyama)


jueves, 25 de agosto de 2016

Aquellos estos árboles, 36




"Desesperando del amor y de la castidad, caí por fin en la cuenta 
de que me quedaba el libertinaje, que suple muy bien al amor, acalla las risas, 
restablece el silencio y, sobre todo, confiere la inmortalidad".

Albert Camus, La caída


Y este gusto o, si se quiere, esa disposición a ojear las esquelas necrológicas de los periódicos, prospectando si ha caído algún enemigo, o simplemente la satisfacción morbosa de saber que el muerto era más joven y que no hizo los suficientes méritos para aguantar en esta vida, o la sorpresa de que alguien que habías tratado alguna vez o con frecuencia desaparece de pronto sin que nadie supiera si estaba mal, porque acaso no lo estaba, o lo estaba en secreto, porque muchos de los que fallecen y se dice que debido a causas naturales, o más vulgarmente que lo hace de repente, en realidad alguna larva patógena tendría dentro de su cuerpo o, como dice Max, algo se estaría cociendo en el peor sentido, tal vez durante años, eso sí, precipitándose en una vorágine que unas veces los más próximos detectan si adelgaza en exceso o si el color de la piel adquiere otros cromatismos siniestros o si el cansancio venía acuciando al anónimo paciente, y todos le decían es porque no paras, o es porque te preocupas demasiado de las cosas, y los síntomas del hombre, que solo él sabía traducir, sólo él sospechaba, por más que tratara de sugestionarse de que no, de que solo se traba de una racha mala más, y había tenido tantas, y además cómo iba a pregonar que no se sentía bien si a nadie de los que le rodeaban les hacía pizca de gracia que estuviera maltrecho, si iba a dar guerra si lo estaba, si todo iban a ser molestias, si el trajín de los médicos, y nada de pensar que de pronto la familia entera iba a quedarse sin el sueldo del padre de familia o sin la pensión tan decisiva para la economía del clan, así que el enfermo secreto siempre piensa no me pasa nada, aunque sé que me está pasando, aunque no puedo evitar sentir que este aire que no me oxigena o esta molestia que me perturba o este alimento que no me cae, eso suele decirse a sí mismo el individuo que empieza a caminar por una línea oscura, y siente que no le apetece tener ilusiones, y empieza a considerar la historia de su vida como una anécdota con mayor o menor fortuna, pero para llegar a esto, eso piensa, y es por todo ello por lo que uno se siente atraído por los obituarios cotidianos de los periódicos, donde la muerte es una tipografía, un nombre, un ritual y un olor a tinta, y uno piensa entonces si debe tener respeto a la muerte, porque la muerte no se hace respetar, la muerte es inútil para el que deja de vivir, pero es sumamente útil para el resto de los vivientes, se hace hueco, se ajustan las estadísticas, se rebaja el coste de la atención socio sanitaria, puede que el muerto que está a punto piense vaya bluf ha sido todo, y cómo se van a beneficiar otros, y ahí le doy la razón, los más sabios de aquellos que están a punto de irse reflexionan en secreto y se despreocupan de todo, ningún recuerdo les conmueve si se da el caso del óbito en el anciano que ya habitaba la vida por inercia, y no es verdad lo que dicen algunos que la antesala del morir sea como una secretaría donde se redactan memorias, se hace balance, se añoran los placeres y se ridiculizan los desencuentros, toda esa tarea viene de más atrás, de noches como esta en que te parece que no te duele nada, que respiras bien, que no te acucian ni las antiguas vanidades ni los despropósitos ni los ardores de la carne, como mucho lo que hay son preguntas y ciertas respuestas a medias, con un no sé si fui o no sé si hice, aun sabiendo que fuiste y que hiciste rebajas el acto a potencia, intentando volver a ser un libertino de papel, o prosiguiendo la línea particular de libertinaje que te caracteriza, motivado casi siempre por el descreimiento o por no haber alcanzado la cumbre de ninguna propuesta, pues bien sabes que no había nada que alcanzar, y haces del libertinaje de la edad avanzada simplemente un pulso y una burla a los preceptos de la vida organizada y a los riesgos de la desaparición física, sobre la cual no quisieras ver jamás, y no te preocupes que no lo verás, tu nombre impreso ni con olor a tinta ni mucho menos con los estúpidos rituales que la antropología social se empeña en perpetuar.

  

martes, 23 de agosto de 2016

Esquela



El otro día vi esta esquela necrológica en un periódico local de la Castilla profunda. Los familiares del asesinado honran al joven, 80 años después, simplemente con su memoria, dejando constancia en este pequeño detalle. La reproduzco aquí para decir a su familia que yo, que soy de otro tiempo y circunstancia, siento en mi conciencia aquella barbarie. Que no duden de mi deseo de que en paz descanse, algo que cuesta desear para sus asesinos, como no sea para saber al menos que con el descanso estos no cometerían más crímenes. Que no vuelva jamás a tener lugar todo aquello de lo que supe por el relato de mis mayores. Y que lamento que no haya habido jamás justicia. Pero, al menos, que sus descendientes sepan que para algunos no hay olvido. La memoria y el reconocimiento son fuentes de sabiduría y, lo que es más importante, de convivencia. Y que me hace reflexionar y anhelar un país de entendimiento, algo que no sé si todos desean. Porque algunos, como siempre, siguen estando sedientos de imponerse y no parece que acepten a los que que no piensan como ellos.
  


(Esquela tomada del periódico El Norte de Castilla)


lunes, 22 de agosto de 2016

Brindis por el 2006




Me apetece hoy brindar con cebadas bien malteadas y lúpulos a todas las máscaras que en mí habitan. O mejor dicho, junto con todas las personalidades que se miran entre ellas con ojos diversos y voces alternas y complementarias. Entiéndaseme. El que esté libre de máscaras -conscientes, subconscientes, inconscientes o reunidas- que tire la primera espuma. Yo me quedo con la espuma y también con los posos. Salud siempre.




sábado, 20 de agosto de 2016

Aquellos estos árboles, 35





"En tus abrazos
brillaban mis palabras
la lluvia las desnudaba de sangre
las desnudaba de muerte
y en la forma de tu cuerpo
se entretejían en mí".

Mohsen Emadi, Visible como el aire, legible como la muerte.



Expulsado del verdadero hogar los hogares que conocerás después no te parecerán lo mismo y, no siendo lo mismo, perseguirás la búsqueda del único, del que perdiste, otros hogares que se nombrarán como hogares serán en el mejor de los casos una copia modificada de aquel, o espacios que quieren parecerse, si dejan que se adapten a ti, y en este sentido serán una imitación idealizada, pero a los cuales tendrás que acogerte, porque un individuo sin un hogar a cada paso de la vida se sentiría extraño, y no es que no sea menos extraño si se acoge a lo que le ofrecen, pero se cede porque la seguridad es una exigencia necesaria, y más después de aquella fuga no deseada, así pues estarás buscando de forma denodada un sustituto del hogar original año tras año, de año en año, y a cada desgaste que percibas de tu propia materia más te acuciará la nostalgia, y en esa resistencia que al principio sentirás creciente, firme, en la que te parecerá que vas llenándote de mundos, tratarás de recrear un calor que no has olvidado, sin darte cuenta primero, lamentando más tarde, ansiando cuando cada vez tengas menos a qué aferrarte, y si bien los primeros tiempos que te esperan serán expansivos y apenas serás consciente de cómo acucia el origen, la extensión de ti mismo se irá reduciendo, limitando, aunque no perderás nunca el sentido de querer o pretender ser un sueño materializado, porque los límites, si bien cada vez te irán cercando más, y si bien ahogan por sí mismos, los vivirás como invisibles, si no fuera por esa invisibilidad, que no es otra cosa que no querer ver, el individuo no seguiría intentando explorar la vida, y cuantas posibilidades tengas de recrear la vida serán un reflejo de la que viviste en el hogar imprescindible, no solo te perseguirá una calidez que no te será fácil recuperar, sino una humedad que te volverá leve, una sombra que te resultará benéfica, un apacible rumor que se ofrecerá como alternativa al ruido descomunal que los vivientes se empeñan en generar, todo eso necesitarás restaurar a tu medida ilusa, será imprescindible que cases lo tangible y lo ficticio y hagas con ello un crisol de realidad llevadera, pues el mundo que los demás seres te han proporcionado cuando llegas a éste no te gustará más que en una parte, y luego en una parte de una parte, y tú a su vez te dividirás, una, varias veces, en tantas ocasiones en que la disconformidad que te apabulla te lo exija por instinto de supervivencia, y esa partición, en la que siempre es un riesgo saber qué parte de ti abandonas y con qué parte te quedas, te generará dudas, no hay paso de la vida en que no dejes de tener dudas, unas veces inadvertidamente, otras con pleno entendimiento, pero una vez hayas elegido u otros te hayan conducido a una imprevista rotura de ti, deberás reaccionar, porque incluso ante una amputación si no siempre los miembros se regeneran como estaban antes, al menos se desarrollan otras capacidades, la engreída posesión de ti mismo te hará creer a veces que no te sobra nada, pero siempre habrá algo de ti que pese y merme tu esfuerzo, y demore los pasos, y no por eso debes pensar que los pasos deben ser de gigante, nadie puede prever cómo van a ser sus pasos, los pasos más lentos y minúsculos pueden hacer una vida interesante, y habrá momentos también en que te dará la impresión de que tienes un noventa y nueve por ciento de sobrante, y te aferrarás al uno por cien restante para restablecerte de nuevo, y esa aritmética dual probablemente sea falsa, pero con márgenes muy estrechos se puede aún sentir el hogar, por muy lejano que te parezca que él y tú estáis uno del otro.  




(Fotografía de Duane Michals)



viernes, 19 de agosto de 2016

Cuesta mirar de frente a este país esquivo, 80 años después




Y unos versos sumamente emocionantes de Federico que reproduje en el blog justo hace diez años por estas fechas, cuando la sombra Fackel quiso jugar a ser una leve candela de Kraus:


"Si muere el alfabeto
morirían todas las cosas.
Las palabras 
son las alas.

La vida entera
depende
de cuatro letras".



Gracias, poeta nuestro.



miércoles, 17 de agosto de 2016

Aquellos estos árboles, 34





"Él, mi tío Georg, me abrió ya muy pronto, por decirlo así, los ojos para el resto del mundo, me hizo observar que, además de Wolfsegg, y que, además de Austria, hay algo más, algo mucho más grandioso aún, algo mucho más gigantesco aún y que el mundo no se compone sólo, como comúnmente se supone en general, de una sola familia, sino de millones de familias, no sólo de un lugar, sino de millones de esos lugares, y no sólo de un pueblo, sino de muchos cientos y miles de pueblos y no sólo de un solo país sino de muchos cientos y miles de países, que son, todos y cada uno, los más hermosos e importantes. Toda la Humanidad es infinita con todas sus bellezas y posibilidades, decía mi tío Georg. Sólo el estúpido cree que el mundo acaba donde él mismo acaba".


Thomas Bernhard, Extinción.



Siempre tuvo él la misma opinión que el escritor, siempre no, en realidad nunca le enseñaron a apreciar lo de otros, pues el complejo malsano que le rodeaba se obstinaba en inculcar que su suelo, su patria, su familia, su paisaje era no sólo lo más bendecido sino lo único, único en el sentido de selecto y electo, por mor divino, no tangible, por encima de todo lo que hay por el mundo, bebió desde su infancia de una especie de consagración de la estrechez, de lo minúsculo, del entorno opaco que aprisionaba a todos sus paisanos, sólo se salvaban, y a qué precio, aquellos a los que el hambre o la miseria o el descontento les obligaba a desarraigarse, y cuesta entenderlo, pero muchos de aquellos si no se liberaron del todo de las circunstancias de origen al menos conocieron mundo, y luego contaron, y luego atrajeron a otros más, y mucho más adelante y lentamente revirtió como un relato de tradición oral, que al fin y al cabo lo era, sobre los que se habían quedado y seguían pensando que lo suyo era el no va más, y ese conocer mundo no era el del turista de ahora, que tampoco conoce mundo, que apenas ve las ciudades sino como parque temático, probablemente los que emigraron supieron más del mundo que los viajeros actuales con visa, y aun cuando muchos hicieran sus guetos allí donde iban era inevitable el roce con gente de otras nacionalidades, la adaptación, limitada y circunstancial, al nuevo medio, y pudieron comparar, y ahí está la clave, la gente que se considera que es y vive en lo mejor del planeta debería comparar, y comparar no es una estadística ni unos datos sobre el producto nacional bruto ni el mito de una conciencia de pertenecer a una patria en lugar de al mundo entero, comparar es ver al otro, romper fronteras, y no estar erre que erre pensando en que son mejores si se aferran a un Estado, porque al final son presos de ese Estado, del que han tenido y del que puedan crear, y nunca él entiende que se obstinen tanto algunos en reforzar aquello que les anula o les reduce, no comprende que muchos elijan la vida de vivir esferas dentro de esferas que ejercitan constantemente poder en cada una de ellas sobre sus súbditos, pero acaso sea, piensa él, que a muchos individuos les satisface ser súbditos, de ahí que sólo cambien de sujeto de dependencia, y arrinconen unos símbolos para adoptar otros, digo adoptar porque nunca se sabe si lo otro, adaptarse, es posible cuando se va comprobando que la historia se repite no con arreglo a banales ideas cada vez más desfiguradas, sino porque los verdaderos centros que deciden sobre las vidas se han fortalecido, y ellos, esos poderes crecientes juegan en otra estratosfera, y solo se sienten interesados en los acontecimientos, sólo se preocupan de los funcionamientos que ponen en marcha los hombres del suelo y del subsuelo si no alteran el equilibrio de sus negocios, así que él no logra saber bien por qué tanta obstinación en disgregarse aquellos que deberían trascenderse, no en el sentido metafísico, que ya no es posible citar como filosofía plana, sino en ir dentro y más allá de las dimensiones que la naturaleza social de los hombres ha disparado, y esboza una sonrisa, él que perdió muchas de sus sonrisas, cuando ve que los mitos cayeron hace tiempo, que todo se mueve como jamás se perturbó antes, que  los centros del universo, los ejes del carro de la historia, el centro de gravedad de la explicación del mundo, la esencia de sí mismos, sea con el sobrenombre enmascarado de pueblo, lengua, patria, economía, leyes, costumbre o tradición, es hoy día antiesencia, y no le cabe duda de que el mundo, agitado como jamás lo estuvo anteriormente, no reconoce el límite y que brinda una oportunidad al que se aferra, por complejo, miedo o renuncia, a creer que su leve parcela le pertenece, cuando ya estaba vendida incluso antes de llegar a la vida. 




(Fotografía de René Groebli)


sábado, 13 de agosto de 2016

Aquellos estos árboles, 33




"Aprovecha la vida mientras sea vida dentro de ti. 
Aprovecha tu cuerpo mientras seas tú quien vive dentro de él. Aprovecha".

Vergílio Ferreira, Pensar.



Palpación del cuerpo. Ejercicio gratificante unas veces. Prueba de discordancia otras veces. Cuerpo perímetro, cuerpo extensión, cuerpo territorios. Cuerpo cepo, a veces. Las manos capaces de llegar siempre a cualquier zona de su superficie. Manos que se recogen sobre sí mismas, manos que obligan a arquear el cuerpo hasta el extremo opuesto, manos que incitan al escorzo lumbar tratando de evitar que la estatua se incline peligrosamente, manos que se sumergen en la hendidura misma de la carne que no se puede traspasar. Manos que saben de sudor, que a veces también se ensalivan. Manos que se extravían sobre otra piel distinta, porque una caricia no siempre es un encuentro. Palpo mi cuerpo confiado. Confío en él, él confía en mí, diálogo ingenuo de tactos. ¿Solo de tactos? Cada rincón de mi hábitat habla desde dentro. ¿Cómo llegar a su cuerpo profundo? Laberinto de cuerpos dentro de mi cuerpo. Ordenado en su reparto, caótico en las respuestas del deterioro. Voces agudas, palabras altisonantes, griterío que chirría. Mi tacto no alcanza ese intramundo, ni siquiera los demás sentidos que acuden a la cita saben interpretarlo. Entonces sucede que sentidos recónditos, gestos no nombrados, una cohorte de reacciones no traducibles externamente se hacen notar con su peculiar vocabulario. Es la hora de la queja, de reivindicar una reposición imposible, del cansancio que se afirma, lento y desaborido. Hasta ese momento he amado su silencio, su sumisión, su aparente docilidad. Cualquiera disfunción interior utiliza otros idiomas en los que no se quiere hablar. Te haces a ellos, pero ellos no saben de tus dedos ni de tus pensamientos ni de las palabras con que inquieres su suceso. No entienden que el amor que has mantenido con tu cuerpo profundo ha empezado a ser desamor. Que antes o después vas a quedar al pairo. Que lo que más has querido va a volverse inhóspito. Pero aún no permaneces a la intemperie de ti mismo. Derivas cualquier movimiento rebelde hacia el pozo ciego. Y sueñas de nuevo con tu resistencia. Y consideras un improperio desear renacer. Al tocar desde fuera tu propia piel, al pulsar los músculos, al hacer crujir los huesos en su aparente normalidad, al constatar la sabiduría de lo sensible, que tanto te entusiasma y te explica de ti mismo, al no percibir lamento alguno, respiras en profundidad. Ese respirar es el mensajero que intenta llegar hasta los espacios que encajan dentro de ti. Donde moran seres íntimos, alumbran rostros desconocidos, se encabritan animales donde tú eres ajeno. Desalojas palabras que suenan a deseos. Para vosotros mis ojos no bastan, dices, mis lágrimas no son útiles, insistes. ¿Servirá de algo mi palabra en el instante en que las furias se desaten y no se controlen, ahí en alguna de las estancias de mi cuerpo tan próximo y tan lejano? Os amo, vísceras, digo. Fluid, conductos, digo. Manteneos, cartílagos, imploro. Bacterias, pacificad vuestros bríos. Jugos gástricos, no os agriéis. Oxigenad bien vuestro curso, arterias. No deis saltos, células, digo. Demorad el desgaste, neuronas, proclamo. No convirtáis al mensajero que os envié desde mi reino incauto en el oscuro jinete de vuelta del dolor.




(Fotografía de Jacob Aue Sobol)



miércoles, 10 de agosto de 2016

Aquellos estos árboles, 32





"- Cuando todo hombre alcance la felicidad, el tiempo dejará de existir, porque no será necesario. Una idea muy cierta.

- ¿Dónde lo meterán?

- No lo meterán en ninguna parte. El tiempo no es un objeto, sino una idea. Se extinguirá en el pensamiento.

- Los viejos lugares comunes de la filosofía, siempre los mismos desde el principio de los tiempos -murmuró Stavroguin con cierta lástima desdeñosa.

- ¡Los mismos! ¡Los mismos desde el principio de los tiempos, y nunca habrá otros! -exclamó Kiríllov con ojos centelleantes, como si esa idea encerrase poco menos que una victoria".



Fiódor M. Dostovievski, Los demonios.



Sufre un desvarío irritado cuando observa cómo la gente se aferra a mil y un subterfugios, cada cual los busque sea con poco o mucho dinero, sea rodeado de esposa o marido y los hijos, sea solitario, sea entregado a dedicaciones y actividades que recrean, sufre inútilmente  por el paso del tiempo en una lucha atroz, permanente, que desequilibra a los hombres más que les aporta apacibilidad, en una época en que se condena la indolencia, se valoran excesivamente las pequeñas posesiones, la gente viviendo consciente como nunca de sus limitaciones, pero a su vez desdeñándolas como nunca antes lo hubiera hecho, ya sin resignación, y no es que la resignación de otras épocas fuera precisamente una solución digna, aunque algunos lo consideraban una virtud, porque la resignación permitió a los más desaprensivos aprovecharse del espacio y los dones de los pasivos, y no es que ahora predique él mismo ninguna forma de cesión resignada, pero sabe que la espiral es incendiaria, causa molestias mentales, efectos físicos que se palpan, a veces sumamente fuertes, eso de somatizar que llaman algunos, como si cada ejercicio del cuerpo, desde la respiración al hecho de coger peso, desde la preocupación por un problema hasta el riesgo por cualquier paso no supusiera ya un desgaste en el continente que acoge eso que llamamos individuo o ser y que viene acompañado de un nombre por norma y ritual desde que nace, vivir es zaherir el cuerpo a cada paso, corres y lo sacudes, amas y te deshaces, pones en marcha la fuerza y los órganos se conmueven, lees y estudias y la cabeza se va para los lados, piensas y te pierdes en oscuros departamentos de la memoria, de tal modo te extravías en ellos que no distingues qué hubo de verdad o de mentira en tu pasado, qué fue de lo que llegaste a hacer o se quedó por el camino, qué se mostró más revelador, si la atención fiel de quien te quiso en sus brazos desde los vagidos iniciales o la sonrisa circunstancial que llegó diciendo vengo para salvarte de ti mismo, y que caíste en ella de bruces cuando acaso creías a medias y no querías admitirlo, y el cuerpo es una eterna persecución sobre sí mismo, una carrera perdida desde el principio, y esa fase engañosa en que dicen que debes considerarte maduro, pero en realidad ya estás empezando a pudrirte velozmente, y sigues exhibiendo la fantasía de un cuerpo que se desperdicia a sí mismo, por mucho que hagas yoga o te untes con cremas o convoques a las amistades que corearán tus ingeniosas opiniones, y que lo hacen porque ellas a su vez necesitan ser mantenidas en un estado de reconocimiento embaucador, y renováis unos y otros lo que denomináis proyectos de vida, es como un edificio, cuanto más viejo más se le aplican las correcciones, se le rehabilita de palabra, porque una de dos, un edificio si se rehabilita de verdad es ya nuevo y eso en el cuerpo humano no pasa, y si se dice que se le ha rehabilitado pero no ha cambiado su estructura entonces es un engaño, aunque a la gente le guste la apariencia que lleva implícita toda mentira, y como es un juego en que todos vamos aceptando apariencias y las transformamos en realidades y postergamos otras realidades más auténticas y vigorosas para ceder en la seducción de lo que parece pero no es, pues sucede que el mismo concepto de felicidad lo hemos revestido de forma comercial, y hemos ocupado el tiempo para dar satisfacción a las imágenes que nos han sustituido, y de ahí que algunos rebeldes del lugar, de la proximidad, alguno de esos rebeldes que moran en él mismo estén opinando que solo cuando el tiempo de la duración se termina es cuando se alcanza la felicidad, y esa especie de compensación de la nada para sustraer el fracaso de lo existente sigue siendo tan falaz como cualquier otra forma de las que conocemos en nuestro caminar cotidiano.




(Fotografía de René Groebli)



sábado, 6 de agosto de 2016

Aforismos del estío





No es de extrañar que el poder de las imágenes haya llevado desde la antigüedad a los hombres a una devoción entregada y voluptuosa.

El arte desarrolla la generosidad de la naturaleza. El buen arte potencia los dones del cielo y de la tierra.

Las imágenes figurativas han reconquistado periódicamente los imprecisos cerebros humanos. Justo cuando la palabra vendida como sagrada había mermado en su credibilidad. ¿Reside ahí el triunfo del Barroco español? Pero el Barroco también pereció.

La representación figurativa no siempre es lineal ni una venta al encargo, a la intención o al mensaje de quienes la han solicitado. Incluso en lo excesivamente realista y grotesco hay una rebeldía del autor de la obra, una denuncia, una duda sembrada.

Una obra bien hecha oculta otra dentro de sí misma. Incluso puede dejar líneas del lienzo o de la talla de piedra abiertas para otras posibles direcciones.

Y vuelta a la abstracción de los símbolos fecundos. Que es tanto como decir al origen, a la madre, al constante devenir. Naturalmente no hay símbolo más latente que el propio cuerpo. Macho y hembra humanos se remiten por mor de sus imprescindibles hormonas y con el aliciente de las feromonas al virtuosismo de hacer más llevadera la existencia. Una necesidad no menos perentoria que la procreación.

Dicen que las primeras diosas de la Humanidad, llamadas venus por los sabios, eran representaciones de la fertilidad. No se sabe a ciencia cierta si se trataba de la mera fertilidad de la especie o de la imaginativa y lasciva del deseo que se iba construyendo en un lento proceso del arte de la exquisitez.

Las imágenes domésticas solían estar hechas a imagen y semejanza de las que se amontonaban en templos, santuarios y posteriormente museos. Sin embargo los devotos han apreciado siempre más los iconos de proximidad. Eran tangibles, podían cambiarse con facilidad de mueble o arrinconarse, y no había que compartir besos con otros transeúntes como sucedía con la estatuaria de los mercados de la Fe.

Hoy las imágenes icónicas entran de modo más directo en nuestras mentes y sin necesidad de creer. Basta con que actives viejas mediáticas y nuevas domóticas y delegues en ellas.

Los seguidores de las nuevas técnicas son legión. Los pequeños, medianos y mediocres diosecillos se han impuesto en una relación personal entre mente y dedos de la mano desde la tierna infancia. Hay una comunión permanente del usuario con sus mundos que para sí hubiera querido aquel trasnochado Moisés y su código de conducta.

En este sentido, nunca el control del individuo fue tan exitoso como cuando el hombre acepta que otros le controlen desde fuera y él crea que se controla a sí mismo. Una madurez engañosa, asaz fraudulenta.

Si la religión es el opio del pueblo, según cierto crítico alemán de economía política, ¿qué es la representación exuberante de las deidades y de los hombres santos? ¿Una adicción viral, como se dice ahora con ese lenguaje superficial y cursi de nuestros días?

Y la actual devoción multitudinaria por tantos objetos y propiedades, ¿sigue siendo aquello bíblico de la adoración al becerro de oro que no cesa, pero adaptado a los tiempos? La diferencia está en que ahora cada individuo, familia o sociedad puede acceder a la carta de sus propios objetos de adoración. Nadie osa condenar la febril saturación del mercado. En parte porque, en mayor o menor medida, todos identificamos individualidad con posesión. Y porque si alguien pone alguna objeción se le responde con la letanía falaz de que gracias a la abundancia se crean puestos de trabajo. 

Las formas de las primeras diosas escultóricas ya lo dicen todo. En significado de pensamiento y en estética. Es en las formas donde reside la esencia de lo que se quiere representar. La forma es el lenguaje que deseamos todos escuchar desde tiempos primitivos. Lo que afina y permite prospectar en nuestros sentidos. 

Las esculturas de las primeras venus, ¿son alegorías o mapas? Acaso ambas cosas. Pero ¿acaso no hay mejor alegoría que la descripción del territorio de los cuerpos que se van descubriendo poco a poco?

Benditas venus primitivas. Ya os imponíais en tiempos tan tenebrosos a la oscuridad de la naturaleza. Probablemente ya desafiabais las primeras tentativas de una parte de vuestra especie por que no accedierais a la luz.

La adoración es la expresión de la carencia. Pero no se adora lo representado como divino porque el hombre anhele ser parte de la divinidad. Es el origen de la propia especie lo que marca en los seres humanos el sentido subconsciente de que siguen siendo parte de la naturaleza inhóspita. De ahí que los hombres necesiten inventar subterfugios para conjurar su propia condición de desarraigados.

Ni siquiera en la forma los hombres se distancian de los demás animales. Probablemente la belleza, por ejemplo, cunda más en otras especies. Sobre si también la inteligencia está tanto o más agudizada en los animales que en el homo sapiens, algunos científicos afirman que es obvio. Solo que se trata de mundos diferentes que no pueden valorarse de análoga manera. La competencia es un hecho, y entre los humanos ha adquirido una dimensión extremadamente sofisticada. De la aniquilación ya se va sabiendo que es una propiedad que nunca estuvo en manos de otra especie tanto como lo está en la nuestra.   

Hay que apreciar los dones del cielo y de la tierra. Cuando aparecen fundidos hay que extasiarse y dejarse llevar. No es obra de la casualidad ni de personajes inexistentes. Los artistas del Paleolítico trascendieron con sus venus mágicas el duro curso del caos. El empeño de los hombres de introducir su orden en el caos no es otra cosa que el desarrollo del arte.

Pero el arte no puede prescindir del caos si quiere regenerarse. La historia humana se ha encargado de amputar las maneras de la expresión y la creación artística. El plano más extremo del orden artístico es el mercado, el negocio, la imposición del valor de cambio sobre otra cosa. Así está hoy día el tema. Las venus paleolíticas, los caballitos y bisontes de las cuevas, las tallas de los bastones de mando nos evocan un mundo donde la expresión artística tenía otra dimensión, más que un mero valor. Aunque es evidente que el trueque ha existido siempre.

Trato de hacer ficción sobre la fase de acabado de una obra de la Prehistoria. O mejor dicho, sobre la exposición al público del trabajo. Una de aquellas mujeres representadas excelsas  -Willendorf, Brassempouy, Lassel, Lespugue, Dolni Vèstonice, Grimaldi...nombres en que la geografía de la población ha sido eclipsada por figuras míticas-  en piedra o arcilla. ¿Era lo que todos esperaban? ¿Nadie había imaginado lo que el artista les ofrecía? ¿Se pretendía de ellas protección o exhibición? ¿Invocaba la conquista de la naturaleza en la representación femenina? ¿Suscitaba aproximación o distanciamiento? ¿Cómo serían las emociones de los espectadores? ¿Apreciarían todos el trabajo? ¿Estimularía la obra a otros artesanos? ¿Se extendería de viva voz a otras tribus el evento nuevo salido de manos humanas? Etcétera.

¿Cuántas imágenes preservan las neuronas de nuestro cerebro? La imaginación propende al imaginario. Los rostros diferentes de éste son resultado de la estimulación cuyo vértice es el goce.



(No logro saber de qué autor es la imagen adjunta, olvidé apuntarlo al cazarla por la red)



miércoles, 3 de agosto de 2016

Aquellos estos árboles, 31






"Pero no te das cuenta, le digo, no te das cuenta de que si ponéis la guillotina en primer plano,
 y con tanto entusiasmo, se debe únicamente a que nada es más fácil que cortar cabezas, 
y nada es más difícil que tener ideas".

Fiódor Dostoievski, Los demonios.



Pensamiento y acción se necesitan, diría que se reclaman. Pero ¿dónde su vértice de encuentro sensato para que el vórtice donde naufragan no destruya la necesidad de la confluencia?



lunes, 1 de agosto de 2016

Instinto noble




No sé por qué me da que lo más noble de la política es, ante todo, instinto. Instinto de saber elegir, aunque sea para ponerse a salvo. Instinto de obrar con rectitud, conforme a las posibilidades del medio y de las tribus. Instinto de rebeldía si ves que no funciona la adaptación. Al fin y al cabo, se trata de recursos de la naturaleza humana que a veces la cultura no puede domeñar. En ese sentido, los dos ciudadanos que se escurren de entre los brazos de un tipo furibundo actúan por un sentido profundo de la política instintiva. Ejercitan su derecho a no aceptar ni por asomo a quien vocifera. Probablemente sus padres pertenezcan al mismo partido del personaje con aires energúmenos (No quiero ni pensar que hayan sacado a las criaturas de la inclusa para la foto) Ya se sabe cuánto gusta a los dictadores, incluso a los déspotas como éste, que les ofrezcan a los inocentes. Dejad que los norteamericanitos blancos y cristianos se acerquen a mí (esta cita me la ha inspirado el artículo que Paul Krugman publicaba ayer en El País Negocios) Pues bien, algún padre le ha prestado esas almas cándidas al señor de la foto, en un acto de sumisión que avisa de lo peor. Los inocentes berrean, tratan de escabullirse, alargan la manita en un que alguien me salve o bien codean en un apártate de mí, pestífero, que parece decir el más llorón. Acaso porque sospechan que un Herodes más perverso que el otro se esconde tras su acicalado porte. Que los padres que hacen dejación de sus nenes al exultante personaje de película de miedo se acobarden a su vez. Con semejante prueba, los chicos les pueden salir rana a las primeras de cambio, no se muestran ni dóciles ni condescendientes. Cosas del instinto poderoso que manda mensajes a la política. Claro que los hombres han generado una herramienta mortífera denominada cultura, cuyo doble filo arremete contra instinto, naturaleza y principios básicos de la propia convivencia. Debido a ello existe el señor de los negocios de la imagen que quiere ser el presidente (peligroso) del Estado más poderoso del planeta (de momento)


Nota. Recomiendo el artículo: 



(Fotografía de E.Vucci, agencia AP, tomada de El País)


domingo, 31 de julio de 2016

Aquellos estos árboles, 30




"El hombre es una nube de la que el sueño es viento.
¿Quién podrá al pensamiento separarlo del sueño?"

Luis Cernuda, de Lamento y esperanza.


¿Cuánto de nosotros muere cada vez que el otro, al que alguna vez hemos tratado, muere? (Frase tópico que suele repetirse con pretendida frecuencia salvadora) ¿Cuánto sigue muriendo en nosotros cada vez que nos enteramos de las muertes anónimas, espantosamente crecientes, que nos comunican a todas horas por los medios de comunicación? ¿Quiebra nuestro pensamiento cada vez que sabemos del fin de otros? ¿Arrojamos nuestras ridículas e incompetentes ideas al basurero de los detritos? ¿Regeneramos nuestra imaginación? ¿Abandonamos nuestra cómoda instalación personal cuando se nos dice de los desplazamientos de millones de individuos hacia las encerronas? ¿Seríamos capaces de cambiar nuestra ubicación por la de un moribundo, de aquel más íntimo del que incluso decimos que le queremos tanto? Nadie rescata a los muertos, ni siquiera la memoria. El ejercicio de ésta se desvirtúa poco a poco y se traiciona. No es cómodo reivindicarla en su manifestación más aproximada posible, se prefiere fantasear con ella. Se delega en los textos, en las imágenes, en los juegos pseudointeligentes. El hecho de la vida está anclado en cualquier punto de la alta e inextricable mar que es el caos. Los vivos, justificándose en sus ideas y en sus obras, permanecemos al pairo y no nos damos cuenta. Me pregunto si la muerte no será simplemente sino la propia mala conciencia. La inefable seguridad de que se ha vivido como nube, y el sueño ha sustituido al pensamiento. Probablemente Cernuda conociera los versos del poeta árabe Ibn al-Mu’tazz: "¿Acaso el mundo no es sino la sombra de una nube que, no bien el hambriento de sombra la anhela, se disuelve?". Creemos aprehender lo inaprensible. A la ficción que generamos le llamamos vivir. Que no nos sorprendan ni nos cojan desprevenidos los episodios que vamos escribiendo día a día. Un cierto grado de insolencia con la vida no viene mal. 



(Composición fotográfica de Francis Bruguière)


sábado, 30 de julio de 2016




Prefiero recordarte así. Tal como fuiste. Tal como fuimos.

(En nombre de otros tiempos en que éramos mucho más jóvenes y no cejábamos en ilusiones)




jueves, 28 de julio de 2016

Aquellos estos árboles, 29






"...encontraba cierto placer sensual en el manejo del lenguaje  -saboreando el peso y el gusto de las palabras, haciéndolas derretirse en mi boca como frutas-,  y ese placer desplazaba, 
en el orden de mis preocupaciones, los goces propiamente eróticos".

Michel Leiris, Edad de hombre.


Nada hay como un texto que ratifica alguna conducta de tu vida. Nada como pensar: a otros ya se les ha ocurrido, otros ya han pasado por las mismas sensaciones que tú pasas ahora. Cuantos más comportamientos que considerabas solamente tuyos ves que se reflejan en las narraciones de los escritores, más los tomas como pautas sagradas. Sientes entonces que la sacralidad no te llega desde principios abstractos ni desde ideas no comprobadas ni desde ansias febriles de no se sabe bien qué órbita que se te impone desde la infancia. Consideras sagrado comprender, por ti y por lo que relatan otros. Conocer y admitir que muchos de los acontecimientos íntimos no son solo cosa tuya, lo cual te libra de posibles complejos. Que muchas reacciones del hombre ante el mundo, y la naturaleza personal es el mundo más tangible que tienes, son compartidas por otros muchos individuos como tú, siempre en camino de hacerse para antes o después disolverse, sirve para que te sientas respaldado en el ejercicio de la vida. Esos márgenes de entender una ubicación, un resorte, una respuesta que te nace desde lo profundo y se alía en los oscuros túneles de ti, enlaza con tu misma sexualidad. Todo es necesidad de conocimiento, de saber lo propio y de utilizar lo exterior para afianzarte en el conocimiento de ti. La sensación del placer, adquiere así, dimensiones plurales, polimórficas, y los espacios de tu cuerpo, que son los de tu mente, se reconducen y, en modo más o menos sencillo o complejo, se armonizan e intercambian. Análoga sensación del goce por el contacto de otro cuerpo o sobre el propio tuyo se manifiesta con alegre hondura ante las palabras cargadas de significado pero también de construcción narrativa, esos juegos que por sí mismos te separan del contenido del relato para atraparte en la forma del como se cuenta. Pero también ante arquitecturas que se habitan, los paisajes que han devenido durante millones de años y que en su propio misterio te desborda, las tipografías que recrean alfabetos que paladeas, la música que se escurre entre las venas cuando la escuchas, las miradas que se fijan en el tránsito furtivo sobre otros seres de la calle, los lienzos que narran historias donde lo que te pierde es entender cómo las describen, las moras que comes junto a los zarzales. Vives la erotización de ti mismo a través del medio, de la que no sabes si es únicamente vehículo o acaso fin, razón de ser por sí misma de la existencia, y sin la cual tu esencia no se manifiesta y no queda compensada, por más objetos que te compres, más ideas a las que te adhieras o pongas en circulación, más lazos que establezcas con otros individuos para afianzar tu propia seguridad. Catas la sensualidad de los lenguajes múltiples que te esperan por doquier. Si aún creyeras en el mito de la divinidad sabrías a quién adorar.




(Ilustración de Manuel Boix)