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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








martes, 16 de mayo de 2017

Bosníaca. No pueden matar a los muertos




Es una paradoja. De la nada no se puede esperar algo. De lo muerto no puede obtenerse vida.  Lo que fue no se rehace. Lo inexistente no habita. El vacío no se ocupa de nuevo por aquello que se poseyó. Entonces, ¿por qué caer en la infamia de enfurecerse con los símbolos de lo extinto? Yo, Jacob, hijo de Sefarad, expulsado de Sefarad, que viví y morí en Sarajevo, no soy nadie para reclamar nada, porque ya no estoy. Ni siquiera me indigno con los viejos odios, las funestas envidias, los enraizados resentimientos, las absurdas violencias. No les bastaron a muchos los destierros, los pogromos, las razias y la shoah que tienen que consolarse con la inútil destrucción de las tumbas en las que el recuerdo de nuestros descendientes nos quisieron homenajear. Va en las religiones el desmedido culto a los muertos en la medida misma como se desarrolla el elevado desprecio a los vivos. Demasiada parafernalia, excesiva hipocresía de imágenes, altiva exaltación de la memoria perdida. No es sólo la muerte biológica la que nos mata, sino la ceguera por dejar de ser ya en vida.  Es más cómodo honrar al que no está que entenderse con el que es tu vecino. Cualquier vivo de cualquier creencia o visión del mundo tiene sin resolver la cuestión de la muerte. Algo que cuesta aceptar pero que hay que asumir. Si alguna lección debiera extraerse del acontecimiento de la muerte debería ser el entendimiento entre los vivos. No podemos resolver la muerte porque, además de un hecho, es una necesidad. Deberíamos corregir las dificultades de la convivencia, pero hacemos de ella una verdadera tumba viviente donde todos acabamos sepultados por el enfrentamiento. Yo, Jacob, que fui y tampoco entendí, debería haber sacado antes conclusiones de la limitación de la existencia. Ahora que no hay tal Jacob, de poco sirve a nadie, a mí menos, advertir con una voz que no va a ser escuchada. Llamar miserables a los histriones ebrios que destruyen símbolos es inútil. Lo harán tantas veces como puedan. Pero no pueden matar a los muertos. Yo, Jacob, que tantos relatos escuché de mis antepasados acerca de la violencia cometida, no únicamente contra nosotros, sino contra cualquiera que se opusiese a una dominación, o simplemente deseara vivir a su aire, apenas me queda una brizna de queja. La violencia siempre es frustración para quien la practica. La tierra es leve para todos y no entiende de contendientes, fes, ideologías, intereses de mercado ni imposiciones oportunistas. La tierra también morirá. La vida es el verdadero campo fértil en posibilidades. La auténtica profanación es renegar de ella.



(Fotografía de Inés González)




8 comentarios:

  1. No, es cierto, pero se les puede olvidar...y eso hace de los muertos , los yermos.

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    1. El olvido o su presencia está en el cerebro de cada cual. Los cementerios son la justificación de lo inevitable y la coartada que utilizamos para evitar las presencias. Rituales que alejan.

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    2. La "buena" vida y la "mala" muerte juegan no solo a intercambiarse adjetivos diversos sino que los pobres nombres propios se montan películas diversas al respecto. ...obviaremos eso de que la energía se transforma.

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    3. Lo que no parece transformarse es la perversa condición humana.

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  2. Y atormenta saberse poseedor de la misma. Claro que para los demás seres vivos funciona eso de "ojos que no ven, corazón que no siente" . Esos aún permanecen en el paraíso y les llamamos irracionales.

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    1. Trasladas esa actitud al comportamiento colectivo y te espantas. Eso mismo sale en varias ocasiones en "La gallina ciega", de Max Aub, que estoy leyendo ahora. Su gran queja, la de Aub, era el desinterés del "cementerio social" que era España durante el franquismo. La superación por el silencio, el desinterés, el olvido y por la seducción de los nuevos tiempos y niveles de vida que enmudecían cuando no atontaban a los españoles. Un gran libro, recomendable en especial para los de nuestra generación. ¡Qué poco se ha leído a Aub!

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  3. Una vez más tanto el contenido de tu reflexión como la forma de expresarlo me ha emocionado profundamente. Qué razón tienes en que la violencia no es más que una manifestación de la frustración. La clave que ofreces es impecable: asumir la muerte para reconciliarse con la vida. Bufff, me sobrecoge tu sensibilidad e inteligencia. ¡Un fuerte abrazo!

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    1. Intentar asumir lo pendiente no quiere decir que se asuma fácilmente. Hay tantos factores. La gente que muere muy mayor, por ejemplo, casi muere de aburrimiento, o no casi. Mi padre decía: estar aquí para qué y era un nonagenario muy avanzado. Todo depende de circunstancias. No se trata de obsesionarse con el tema, simplemente tenerlo en cuenta.

      Gracias por tu valoración al respecto, un abrazo.

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